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Kenya, per Bruno Oro

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Si hagués de descriure Kenya en una paraula, aquesta seria SOMRIURE.

Somriure.

Tan petit aquí, tan gran allà. Tan generós. Un somriure nu, lliure. Descarat, gamberro, juganer, provocador.

Per descomptat que les meves tres setmanes a Kenya van ser color, animals, cels al·lucinants, cansament, serps amagades, mosquits, febre, Massai, Samburu, pobresa, misèria a Nairobi, misèria fastigosa, amuntegada, misèria exposada que fa olor i creix amb absoluta naturalitat. Però fins i tot aquesta misèria està tenyida d'un somriure molt vell, mil·lenari, savi, fins i tot al barri de Korogocho -en swahili significa "brutícia" -, un dels més pobres i depriments del món.

En aquest barri, al costat de la paciència inesgotable de Mercedes Barceló i Lluís Miret, esperits guerrer i conciliador, respectivament, d'Àfrica Digna, érem blanc de les mirades - mai més ben dit,  perquè érem els únics – de les ànimes que treballaven, miraven, tafanejaven o vagabundejaven per allà, entre escombraries i munts de coses que no se sap que són. Visitàvem un dispensari d’ecografia. Vàrem sortir a una terrassa a observar el ritme d'aquest barri, l'absolut caos. I ens van començar a observar somriures.

Després en el Masai Mara, més tard en el recòndit Barsaloi, llogaret Samburu - cosins germans dels Masai -, els somriures eren encara més purs, saltant en danses interminables per demanar l'anhelada pluja, cantant, escopint per beneir, somriures també de burla quan algú de nosaltres gosava ballar o cantar o saltar entre guerrers Masai. A major atreviment del primer món, major ridícul i hilaritat en el Tercer.

I, és clar, nens. Nens per tot arreu. Un 50% de la població africana no ha complert els 15 anys. Érem circumdats per mans i somriures de nens. Bé, els més petits ploraven, els blancs fem por, som lletjos i s'espanten.

Aquest somriure acomplexa. És una bufetada directa a la nostra vanitat, prepotència, hipocresia, a la nostre por, a la desconfiança. Aquest somriure és una carta astral del nostre temps, aquest temps adulterat que hem malcriat, és una crida als valors primitius de l'home que estem a punt de perdre aquí dalt. Aquests ulls brillants, dues esferes rialleres i blanques a la nit, ens conviden a oblidar, a viure l'ara, a no pensar en, sinó en mirar, cantar per, ballar amb.

A viure AVUI. I aquest avui, aquesta única fe en l'ara, topa de cara amb el concepte de planificació, de previsió, de prevenció, valors indispensables que Àfrica Digna -i qualsevol ONG-intenten inculcar i introduir amb gran esforç. És difícil fer entendre a l'africà que el que avui estalviï, acumuli o prevegi servirà el dia de demà. Perquè allà el demà no és res. No és real. És un somni. És fum.

Però aquest etern somriure convida a tornar i a fondre’s  en el temps veritable, del qual venim i que se'ns ha desdibuixat. A perdre’s en el màgic avui. Nosaltres tenim el rellotge, ells tenen el temps.

Convida a creure en coses tan petites com una vida després de la mort. Així de poderós és el somriure d'Àfrica.

Bruno Oro 
Actor i músic

Se nos murió Kelewan

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Le propuse a Amanda - vamos al hospital Kenyata, será breve, unos diez minutos sólo. Era que Tarsicio, uno de los nuestros de Lodungokwe, había llevado allí a su hija Kelewan, y los quería visitar y dar fuerza. No quería pasar mucho tiempo allá y se trataba sólo de un saludo.

Nunca habíamos entrado al Kenyata. La mole de pisos de cemento sucio y gris parecía aplastarnos al llegar; muchas gentes que iban y venían con sus enfermos, pacientes que hacían filas en los cajeros, masas de anónimos mendigando atención, servidores de la salud que arrastraban camillas con dolientes, médicos apurados con estetoscopios colgados del cuello, elevadores apretados de personas, aire viciado de dolor, raciones de comidas y desinfectantes, cadáveres encerrados en cajas rodantes de metal y llevados para ser olvidados en el frío, frío benévolo para poner a raya la corrupción natural. La muerte dominaba los espacios y se respiraba en el aire.

Sabíamos que Kelewan estaba en el tercer piso. Subimos prefiriendo la escalera a los elevadores. Empezó la visita de diez minutos y se volvió de nueve meses… Leah, la madre de Kelewan, estaba allí cuidándola, junto a su cama, y sin saber inglés ni swahili, no entendía bien lo que pasaba. Desde más de un mes su hija estaba en el hospital pero no habían empezado ningún tratamiento. Leah mostró una carpeta llena de papeles, fórmulas médicas y notas de cosas necesarias para el tratamiento. Comprendí, después de averiguar, que el seguro social de Tarsicio, el que tienen los trabajadores normales de Kenia, cubría sólo la cama, nada más. Comprendí que la niña sufría de deficiencia renal y estaba necesitando diálisis y que había que comprar lo necesario para que se las hicieran y las medicinas y que de lo contrario moriría. Y no teníamos la plata para pagarle esas cosas… pero había que sacarla de donde fuera porque la vida estaba en juego.

Nos fuimos a la farmacia del hospital, ordenamos todo y de allí nos mandaron a pagar antes de retirar el pedido para la diálisis. Filas grandes para todo. Después de pagar volvimos a la farmacia y allí nos salieron con la noticia de que lo ya pagado no estaba en todo el hospital y que lo sentían mucho. Tampoco nos devolvían el dinero. Perdimos mucho tiempo en todas las oficinas a las que nos remitían y entendimos que si queríamos hacer algo por Kelewan teníamos que olvidarnos de la suma pagada, sacar otra vez de donde no había e ir a otro hospital para buscar las medicinas y los instrumentos para las diálisis. Entonces teníamos ya rabia y frustración, pero ganaba el deseo de ayudar a Kelewan.

La sonrisa de Lepalomoricho

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Lepalomoricho sonríe, perdió hace tiempo un ojo y más tarde la visión del otro, pero la sonrisa la acompaña. Es una mujer samburu de Ludongwoke. No sabe con certeza cuántos años tiene pero no duda un momento al hablar de sus hijos, nietos y bisnietos.

Te cautiva. Toda ella está envuelta del magnetismo de la buena gente, de los que gracias a vivir en duras condiciones comprenden con profundidad pero sin palabras tantas cosas.

Estos días en el Hospital Provincial de Nyeri se han visitado pacientes de muy diversas zonas, incluso de Sudán del Sur, dentro del acuerdo de colaboración entre la Fundación Barraquer y la Fundación África Digna. Le atiende primero en consulta el Dr. Jose Lamarca, oftalmólogo de la Fundación Barraquer. Una veintena de samburu de Barsaloi, Ludongwoke y Lulu han podido venir gracias al apoyo de la empresa Areas.

Tras la anestesia del Dr. Nacho Zabal han sido operadas más de 200 cataratas por los Dres. Rafael y Elena Barraquer con la ayuda voluntaria de Valeria Barraquer, Rodrigo Bossio, Inés Fisas, Tristán Paredes, Mevi Figueras y Belinda Washington.

Han sido cinco días de largas jornadas hasta entrada la noche con un único descanso para comer y la recompensa final de las bendiciones cantadas por los pacientes que hacen resonar los corazones.

Devolver la visión puede significar una enorme diferencia en la economía familiar. La posibilidad de trabajar, de desenvolverse, de contribuir en entornos complicados.

Nos llama el padre Jairo desde Ludongwoke, comparte con nosotros la alegría de Lepalomoricho de volver a ver una cara, un árbol,… la alegría compartida de toda la comunidad. Su alegría también es la nuestra. Deseamos que sea la de todos los que lo hacéis posible.

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Ánimo apuntaos en nuestra web es diveritidismo!!! 26 de abril a pedalear todos por África

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