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Crónica de un dentista voluntario

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Texto de Marc Llaquet

Jueves tarde, 05 de Julio. Tomamos tierra en el aeropuerto Jomo Kenyatta de Nairobi: Manu Ruiz, Guiber-Bladimir Orellana y yo, Marc Llaquet, en representación de África digna y Dentalcoop. Después de haber recogido el equipaje y, con pasaporte en mano, nos encaminamos a la zona de control de pasaportes para  rellenar el formulario de solicitud del visado, que nos lo concedieron, por ser españoles, sin problema alguno. 

Sin saber que nos estaban esperando la hermana Elisa y el padre Luis para recogernos, llamamos un taxi para que nos llevara a nuestro destino en South B. Por fortuna, el taxista no conocía la dirección de la misión y decidimos llamar a la hermana Elisa, que nos comunicó que estaba en otra salida. Cogimos el equipaje y acudimos a dónde estaban. 

Mi primera y precipitada impresión de la ciudad fue un tanto taciturna y lúgubre, fruto del gris apagado que tapizaba el cielo de la misma. Por otro lado, inspirada por la cantidad de miradas fríamente clavadas sobre nosotros, tuvimos la sensación de movernos en un ambiente hostil y adverso. 

Llegamos a la misión, dónde recibimos una calurosa bienvenida por parte de los padres y las  hermanas que residían en la casa. Tras acomodarnos en nuestras habitaciones, nos llamaron para la cena, cuyo ingrediente estrella fue el arsenal de crónicas que relató sin cesar el padre Jairo. 

Poco antes del despuntar del alba, nos encontrábamos todos en el salón desayunando fuerte para la larga travesía que nos esperaba. Cargado el equipaje en el techo de la ambulancia, y la tripulación ubicada en sus puestos, estaba todo listo para emprender el viaje hacia Barsaloi. 

La primera parada fue Karatina, donde compramos provisiones en un humilde mercado en el que reinaba el comercio de hortalizas y verduras. Poco tiempo pasó hasta la segunda parada, que nos detuvimos en Nanyuki para almorzar. Probamos por primera vez el conocido té verde con leche, acompañado con el afamado y deleitoso ''chapati''. 

Ya habíamos recorrido 400km y atravesado más de 30 pueblos, y a pesar del mal estado de la calzada, en el interior de la ambulancia se respiraba entre risas un íntimo ambiente de amistad y confianza, creado por la incesante cháchara que acababa con la monotonía de la carretera. 

La última parada antes de llegar a nuestro destino, fue para comer y llamar a casa, dado que en Barsaloi disponían sólo de un “satelital” usado para emergencias. Aún nos quedarían siete horas para llegar al pueblo. A mitad de la comida el padre Jorge recibió una llamada que le cambió la cara. Lo que empezó lloviznando acabó cortando la única vía de acceso a Barsaloi. El río Sella estaba inundado, por lo que teníamos dos alternativas: dar la vuelta y amanecer en Maralal o seguir con el itinerario y atravesar el río. Optamos por la segunda opción. Aquí empezaba la aventura!

Nos detuvimos delante de nuestro caudaloso enemigo y apagamos el contacto del vehículo. Contemplando como fluía con agresividad ante nuestros ojos, empezamos a discutir si pasar o no. Estaba anocheciendo, dar marcha atrás nos retrasaría el viaje un día más. Agárrense fuerte! Gritó el padre Jorge poniendo el motor en marcha. El agua cubría completamente las ruedas y sobrepasaba los guardabarros. Desde el interior veíamos, entre agitados movimientos, como el agua emergía desde debajo con fuerza e impactaba contra los cristales de la ambulancia. Aminorar la marcha provocaría el enterramiento de las ruedas en el arenoso lodo y nos condenaría a inmovilizarnos en medio de la corriente.

Pasamos, Dios mío, gracias! Exclamó el padre en el otro lado del afluente. 

Llegamos a la misión por la noche. La única luz que nos acompañaba era la de la Luna. Con apresuramiento por la lluvia, entramos el equipaje y demás a la casa y nos acomodamos a nuestras habitaciones. Había sido un viaje muy largo y exhaustivo, y nuestros cuerpos sin energía nos pedían descansar. 

Desde la ventana, una gran familia de cálidos colores nos dio los buenos días el primer amanecer en Barsaloi. Con el estómago lleno, nos pusimos manos a la obra con la distribución y la puesta a punto del dispensario. Empezamos por el barullo de cables y enchufes anudados entre sí. Motor, compresor, ladrones, turbinas, luz, entradas de agua y aire, etc.

Conectando unos con otros y encendiendo y apagando, encontramos la manera de ponerlo todo en marcha. Más tarde nos dedicamos a comprobar que todo el material dental estuviera en buen estado y añadimos al inventario lo que trajimos desde Barcelona. Estaba todo listo para empezar a trabajar. 

Habiendo comido, nos acercamos al descampado con ánimo de explorar el territorio. A lo lejos, se encontraba un grupo de pequeños samburu, jugando descalzos con un ovillo fabricado a base de harapos enrollados entre sí, adquiriendo forma de pelota. Al disiparnos y, entre voces de ‘'muzungu!’' (hombre blanco), acudieron corriendo hacia nosotros como si de un milagro se tratara. El momento que con tanta expectación habían estado esperando había llegado. Los voluntarios ya estaban aquí!

Con ojos como platos se detuvieron ante nosotros. Los más osados, con hilaridad, nos acariciaban brazos y piernas, asombrados por la textura del vello capilar. Otros se alejaban con recelo a lo desconocido. A medida que atardecía, las caras nuevas se multiplicaban, cada una acompañada por su inocente sonrisa. Todos solicitaban nuestra atención de alguna manera u otra; muchos de ellos pedían fotos. ''Picha picha!'' . El ver posteriormente sus rostros reflejados en la pantalla de la cámara les provocaba un sinfín de carcajadas que atraía a más como ellos. Otros te retaban a una carrera hasta el otro lado del descampado. Esas pequeñas e incansables máquinas de correr podían estar horas practicando el atletismo. Otros preferían invertir su tiempo con nosotros en la enseñanza de su idioma ayudándose de signos y gestos. 

Ya estaba oscureciendo, la temperatura había bajado ligeramente y los niños regresaban a sus “mañatas”. Esas pequeñas y sombrías viviendas, en las que suelen habitar hasta cuatro o cinco generaciones juntas.

La falta de sistema de ventilación, la hace inhabitable para nosotros en el momento en que encienden una hoguera. Por otra parte, proporciona a los moradores aislamiento térmico e impermeabilidad para las largas precipitaciones en los regímenes de lluvia. 

La hora de la cena seguía siempre el mismo ritual. Se iniciaba con una oración, que recitaba cada noche alguno de nosotros. Después compartíamos todos juntos las vivencias de la jornada, experiencias de años anteriores o nos conocíamos un poco más con anécdotas personales.

Se cerraba la velada dándole las gracias al Señor por medio de una oración. 

De buena mañana nos presentamos en el dispensario. Ya había pacientes esperando en el porche. Muchos de ellos habían acudido a pie, con sus hijos a cuestas desde pueblos muy lejanos. Permanecían callados, inmóviles, sus inexpresivos rostros enmascaraban el miedo a ponerse en manos de desconocidos “muzungus” de bata blanca.

Acudieron un total de 12 pacientes, a los que, distribuidos en un sillón y dos sillas, realizamos empastes, extracciones y una endodoncia. Su mansedumbre y docilidad les caracterizaba, pues en ningún momento manifestaron dolor ni molestias. 

Los más agradecidos eran aquellos que nos visitaban para realizarse restauraciones estéticas de frente anterior. Esa gratificación se traducía en sonrisa, al verse el resultado del tratamiento reflejado en el espejo. 

A medida que iban pasando los días, el número de pacientes iba disminuyendo. Realizamos un total de 50 tratamientos, a parte de la revisión a los párvulos del “preschool”, que se convirtió en todo un reto; nos presentamos a media mañana en el patio del parvulario, dónde íbamos recibiendo de dos en dos a esos pequeños salvajes. Los más valientes se situaban al frente de la cola. Registramos diagnóstico y tratamiento de cada uno de ellos. Los problemas empezaban a llegar al final de la fila. Lo que empezó con los llantos y las pataletas de uno, se convirtió en un mar de lágrimas que nos impidió seguir son la revisión. 

Nos despertaron la curiosidad los nombres que recibían algunos de ellos, tales como Ambulance o Sapato (sábado en lengua samburu), los cuales tenían una historia detrás. Era habitual, nos contaron las hermanas, que momentos o sucesos del día del parto otorgaran el nombre al recién nacido; Ambulance nació en una ambulancia, y a Sapato se le bautizó un sábado. 

Una vez finalizada la revisión, entramos en el parvulario, donde nos esperaban los pupilos para recibir una breve lección de odontología preventiva. Con la colaboración de Daniel, el profesor, con el papel de traductor, y algunos esbozos en la pizarra, describimos el proceso en el que la caries acaba con el diente, pero en una versión más comprensible; en ese caso, la caries adoptaba la forma de un gusano hambriento que se alimentaba de los restos de comida que quedaban en los dientes. Cepillándose los dientes no había comida, por tanto, no había gusano. 

Por falta de pacientes o, a veces por combustible, terminábamos antes de las 5 o 6 de la tarde, por lo que nos quedaba tiempo para salir a explorar por los alrededores del poblado. A cada paso que dábamos se iban uniendo a nuestra marcha, nuestros pequeños escoltas, que nos conducían por rincones del semidesierto en busca de monos, ríos u otras aldeas. Resultaba asombroso verlos trotar descalzos por esos pedregosos terrenos con tanta naturalidad. Era el astro rey quién orientaba sobre la hora de regresar. Anochecía bien pronto, y las hienas estaban preparadas para salir a cenar. 

Llegó el domingo, día de celebración eucarística en toda la misión. Siguiendo el protocolo cristiano, los habitantes se congregaban en la iglesia para escuchar y alabar la palabra del Señor, difundida en swahili a través del padre Luis y, en samburu, por el padre Jorge, quien dirigía la ceremonia.

Los miembros de la comunidad de Barsaloi tenían el papel de alborozar el festejo a través de eufórica música góspel y bailes africanos, alejado completamente de las tradicionales misas cristianas. Involucraba a todos los presentes de la iglesia con aplausos y cánticos, incluso atraía habitantes de otras comunidades. No cabía duda que era un día en que reinaba la felicidad y el optimismo en la comunidad samburu. 

Se acercaban los últimos días, por lo que decidimos organizar una pequeña barbacoa en casa del padre Jorge, algo sencillo e íntimo. Él mismo se encargó de la carne, las patatas y las cervezas, y Guiber estaba al mando del fuego. Acordes de guitarra y canciones populares latinas entonadas por Jorge amenizaron la velada, que se completó con un par de relatos de su novela. 

Antes de acabar, desearía, en nombre de los voluntarios, reconocer con estas líneas el generoso y atento servicio prestado por las hermanas. Esta experiencia no hubiera sido lo mismo sin su afectuosa presencia, acompañada en todo momento, por su fuerte aliado, el altruismo. Gracias por todo.

Conviviremos con una parte de este pequeño rincón de África en nuestro recuerdo. Este bello lugar que convierte al que lo pisa en mejor persona.

 

Kenya, per Bruno Oro

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blog bruno

Si hagués de descriure Kenya en una paraula, aquesta seria SOMRIURE.

Somriure.

Tan petit aquí, tan gran allà. Tan generós. Un somriure nu, lliure. Descarat, gamberro, juganer, provocador.

Per descomptat que les meves tres setmanes a Kenya van ser color, animals, cels al·lucinants, cansament, serps amagades, mosquits, febre, Massai, Samburu, pobresa, misèria a Nairobi, misèria fastigosa, amuntegada, misèria exposada que fa olor i creix amb absoluta naturalitat. Però fins i tot aquesta misèria està tenyida d'un somriure molt vell, mil·lenari, savi, fins i tot al barri de Korogocho -en swahili significa "brutícia" -, un dels més pobres i depriments del món.

En aquest barri, al costat de la paciència inesgotable de Mercedes Barceló i Lluís Miret, esperits guerrer i conciliador, respectivament, d'Àfrica Digna, érem blanc de les mirades - mai més ben dit,  perquè érem els únics – de les ànimes que treballaven, miraven, tafanejaven o vagabundejaven per allà, entre escombraries i munts de coses que no se sap que són. Visitàvem un dispensari d’ecografia. Vàrem sortir a una terrassa a observar el ritme d'aquest barri, l'absolut caos. I ens van començar a observar somriures.

Després en el Masai Mara, més tard en el recòndit Barsaloi, llogaret Samburu - cosins germans dels Masai -, els somriures eren encara més purs, saltant en danses interminables per demanar l'anhelada pluja, cantant, escopint per beneir, somriures també de burla quan algú de nosaltres gosava ballar o cantar o saltar entre guerrers Masai. A major atreviment del primer món, major ridícul i hilaritat en el Tercer.

I, és clar, nens. Nens per tot arreu. Un 50% de la població africana no ha complert els 15 anys. Érem circumdats per mans i somriures de nens. Bé, els més petits ploraven, els blancs fem por, som lletjos i s'espanten.

Aquest somriure acomplexa. És una bufetada directa a la nostra vanitat, prepotència, hipocresia, a la nostre por, a la desconfiança. Aquest somriure és una carta astral del nostre temps, aquest temps adulterat que hem malcriat, és una crida als valors primitius de l'home que estem a punt de perdre aquí dalt. Aquests ulls brillants, dues esferes rialleres i blanques a la nit, ens conviden a oblidar, a viure l'ara, a no pensar en, sinó en mirar, cantar per, ballar amb.

A viure AVUI. I aquest avui, aquesta única fe en l'ara, topa de cara amb el concepte de planificació, de previsió, de prevenció, valors indispensables que Àfrica Digna -i qualsevol ONG-intenten inculcar i introduir amb gran esforç. És difícil fer entendre a l'africà que el que avui estalviï, acumuli o prevegi servirà el dia de demà. Perquè allà el demà no és res. No és real. És un somni. És fum.

Però aquest etern somriure convida a tornar i a fondre’s  en el temps veritable, del qual venim i que se'ns ha desdibuixat. A perdre’s en el màgic avui. Nosaltres tenim el rellotge, ells tenen el temps.

Convida a creure en coses tan petites com una vida després de la mort. Així de poderós és el somriure d'Àfrica.

Bruno Oro 
Actor i músic

Se nos murió Kelewan

Escrit per Africa Digna. Posted in Blog Africa Digna

Le propuse a Amanda - vamos al hospital Kenyata, será breve, unos diez minutos sólo. Era que Tarsicio, uno de los nuestros de Lodungokwe, había llevado allí a su hija Kelewan, y los quería visitar y dar fuerza. No quería pasar mucho tiempo allá y se trataba sólo de un saludo.

Nunca habíamos entrado al Kenyata. La mole de pisos de cemento sucio y gris parecía aplastarnos al llegar; muchas gentes que iban y venían con sus enfermos, pacientes que hacían filas en los cajeros, masas de anónimos mendigando atención, servidores de la salud que arrastraban camillas con dolientes, médicos apurados con estetoscopios colgados del cuello, elevadores apretados de personas, aire viciado de dolor, raciones de comidas y desinfectantes, cadáveres encerrados en cajas rodantes de metal y llevados para ser olvidados en el frío, frío benévolo para poner a raya la corrupción natural. La muerte dominaba los espacios y se respiraba en el aire.

Sabíamos que Kelewan estaba en el tercer piso. Subimos prefiriendo la escalera a los elevadores. Empezó la visita de diez minutos y se volvió de nueve meses… Leah, la madre de Kelewan, estaba allí cuidándola, junto a su cama, y sin saber inglés ni swahili, no entendía bien lo que pasaba. Desde más de un mes su hija estaba en el hospital pero no habían empezado ningún tratamiento. Leah mostró una carpeta llena de papeles, fórmulas médicas y notas de cosas necesarias para el tratamiento. Comprendí, después de averiguar, que el seguro social de Tarsicio, el que tienen los trabajadores normales de Kenia, cubría sólo la cama, nada más. Comprendí que la niña sufría de deficiencia renal y estaba necesitando diálisis y que había que comprar lo necesario para que se las hicieran y las medicinas y que de lo contrario moriría. Y no teníamos la plata para pagarle esas cosas… pero había que sacarla de donde fuera porque la vida estaba en juego.

Nos fuimos a la farmacia del hospital, ordenamos todo y de allí nos mandaron a pagar antes de retirar el pedido para la diálisis. Filas grandes para todo. Después de pagar volvimos a la farmacia y allí nos salieron con la noticia de que lo ya pagado no estaba en todo el hospital y que lo sentían mucho. Tampoco nos devolvían el dinero. Perdimos mucho tiempo en todas las oficinas a las que nos remitían y entendimos que si queríamos hacer algo por Kelewan teníamos que olvidarnos de la suma pagada, sacar otra vez de donde no había e ir a otro hospital para buscar las medicinas y los instrumentos para las diálisis. Entonces teníamos ya rabia y frustración, pero ganaba el deseo de ayudar a Kelewan.

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Precioso regalo de nuestras queridas voluntarias Carol y Araceli!!! Muchísimas gracias!! No sé que haría Africa Digna sin sus voluntarios!!

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